El año pasado, Colombia fue testigo de una de las más grandes tragedias aéreas de su historia: el vuelo que transportaba al equipo de fútbol Chapecoense se estrelló en Cerro Gordo, Antioquia dejando como resultado 71 personas fallecidas. Después de analizar todo, ¿Se pudo evitar la tragedia?

La respuesta ante tal pregunta es sí (de ahí el nombre de este escrito). La tragedia en la que fallecieron casi todos los miembros del Chapecoense se pudo evitar tan solo siguiendo unas cuantas normas básicas (y aplicando un poco de sentido común), pero, ¿Qué sucedió realmente?

La aeronave encargada de transportar al equipo era un Avro RJ85, aeronave capaz de cubrir sin problema rutas nacionales e internacionales siempre y cuando sean cortas y no excedan la distancia máxima que puede recorrer el avión: sorpresa, desde este punto las cosas ya iban mal. La distancia entre el aeropuerto Viru Viru, del cual partió el vuelo 2933 de Lamia, y el aeropuerto José María Córdoba, excedía por 842 kilómetros la distancia máxima que el avión podía recorrer (2130 km con máxima carga).

Aeronave accidentada en el 2013 bajo la matrícula P4-LOR cuando Lamia estaba radicada en Venezuela.

El problema se podía resolver de una manera sencilla, harían una parada en el aeropuerto ElDorado de Bogotá para reabastecer combustible, la cual le hubiera costado a la aerolínea unos 5.000 dólares, parada que, de haberse hecho, hubiera evitado tan lamentable tragedia.

El día después del accidente

Eran cerca de las 7 de la mañana, yo me encontraba en un pequeño hotel en Guadalupe, Santander, donde apenas llegaba un poco de señal WiFi, la suficiente como para recibir información. Al levantarme vi una notificación que decía “Accidente aéreo en Antioquia”. Inmediatamente me arregle un poco y salí al lobby del hotel y encendí el televisor en el noticiero para encontrarme con semejante noticia. Estuve un rato pendiente y empecé a sacar conclusiones: ¿un avión que se estrella y no explota? Sencillo, iba sin combustible. Establecer las causas de este accidente fue relativamente fácil para el equipo de investigadores, pero la población mundial se concentraba más en la tragedia en sí que en la búsqueda de responsables y causas.

En ese momento Colombia pudo demostrar que en este país hay más personas solidarias y de buen corazón que narcotraficantes y corruptos, como creería el gobierno estadounidense por ejemplo.

La comunidad que cooperó con las autoridades y equipos de rescate, ese niño que ayudó a llegar hasta el sitio del accidente, ese emotivo homenaje que se le realizó a todas las personas que perdieron la vida ese día. Eso es Colombia.

Regresando al tema, hagamos un recuento de esas fatales decisiones que llevaron a que ese 28 de noviembre a las 10:15 de la noche, 71 personas perdieran la vida.

Todo por ahorrar costos

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Cómo mencionamos más arriba, la aeronave viajaba con el combustible justo para cubrir la ruta. Por seguridad, las aeronaves deben llevar combustible para volar una media hora más, en caso de que por ejemplo, haya mucho tráfico en el aeropuerto de destino y les toque ‘ponerse a dar vueltas’, es decir, ser colocados en espera, mientras les autorizan a aterrizar.

Este fue el detalle con el que Miguel Alejandro Quiroga Murakami, piloto a cargo de ese vuelo, no contaba al tomar la decisión de no hacer escala en Bogotá para poder abastecerse nuevamente de combustible. Quiroga creía que llegaría al aeropuerto sin ningún contratiempo, pero minutos antes de llegar, un vuelo de Viva Colombia se declaro en emergencia por presentar un problema de combustible, por lo que el vuelo de Lamia se vio obligado a esperar más tiempo mientras el A320 aterrizaba y se hacía una limpieza preventiva de la pista.

En caso de que Quiroga hubiera decidido repostar combustible en Bogotá, esto le hubiera costado a a la aerolínea unos 5.000 dólares, además que posiblemente lo hubieran sancionado. Él, por evitar tales costos y tal sanción, decidió proseguir.

El tiempo que el RJ85 de matrícula CP2933 duró en espera a escasos kilómetros del aeropuerto hizo que consumiera el poco combustible que llevaba, y según indica la investigación oficial, el avión llevaba sobrepeso, lo cual contribuyó a que el combustible se agotara más rápido.

Según relatos de los sobrevivientes, ellos no se percataron de nada sino hasta cuándo las luces y los motores se apagaron y empezaron a caer en picada a tierra sin alternativa alguna.

La conversación entre tráfico aéreo y Quiroga, revela que el capitán sabía que volaban sin el combustible necesario, pero aún así, no hizo nada para evitar la tragedia. Si se hubiera declarado en emergencia, el avión hubiera recibido prioridad en la pista y hubiera aterrizado a tiempo.

La señal radar del avión se perdió, y 15 minutos más tarde, el RJ85 se precipitó a tierra, cayó y… No explotó. Este factor, además de causar el accidente, hizo que los pocos sobrevivientes que salieron del avión, se pudieran salvar.

Lecciones aprendidas

El accidente del vuelo LMI2933 fue provocado a todas luces por una serie fatal de omisiones. Un plan de vuelo absurdo, un avión no apto para hacer un vuelo directo entre estas dos ciudades y un capitán empeñado en ahorrarse costos y sanciones. Al parecer no era la única vez que un avión de Lamia volaba con el combustible justo, esta vez, esa andanza les pasó factura. A la aerolínea le fue retirada su licencia de operación, sus aeronaves y sus directivos están siendo investigados por el accidente.

La respuesta a la pregunta del principio le deja un sinsabor enorme a esas familias que perdieron a sus seres queridos en el accidente. Una tragedia anunciada desde que el avión levantó vuelo, una tragedia que de no ser por los intereses que habían de por medio se pudo haber evitado.

El homenaje hecho a las víctimas en medio de lagrimas y lluvia dejaba ver la tristeza y el enojo de la población. ¿Por qué dejaron despegar ese avión? Sabiendo los antecedentes, ¿Por qué el equipo eligió a Lamia para transportarlos? Nunca lo sabremos, lo único que podemos extractar de este accidente, si es que así se puede llamar, son lecciones para las autoridades al ejercer más control sobre los vuelos comerciales que día a día despegan de los cientos de aeropuertos en todo el mundo transportando a millones de personas.

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